domingo, 17 de noviembre de 2013

Los signos de la coherencia

“Te quiero!” “Me querés?” “Estás molesto por algo?” Vivimos en el mundo de los signos, vivimos reclamando y emitiendo signos. ¿Buscamos información? Puede ser, pero la buscamos de la manera más equivoca que se nos pueda ocurrir. Esta búsqueda de información se hace por medio de encuentros, y como ya sabemos, muchos de ellos nos convienen y otros no, nos descomponen. Además estamos hablando de un conocimiento específico. Cuando buscamos signos, nos referimos a los cuerpos extensivos, de otra manera no se preguntaría o no afirmaríamos cosas al “otro”. Es porque el otro es otro, independiente de mí por lo que necesito que me diga algo o darle alguna información. ¿Pero hay alguna manera de no buscar signos? ¿Hay alguna manera de conocer que no sea por medio de signos? Ya sabemos, hay niveles del mundo y niveles de individualidad. Básicamente se refieren a lo mismo. Primer nivel, el de los cuerpos extensos. A este nivel tenemos un conocimiento del primer género y es a este nivel que nos encontramos sumergidos en el mundo de los signos. Segundo nivel, las relaciones independientes de sus términos, así comprendemos que la individualidad se acerca más a determinarse por estas relaciones que por lo extensivo del cuerpo y el conocimiento del mundo solo tiene sentido en relación a ésta individualidad. Se trata de un conocimiento necesariamente adecuado y es lo que llamamos conocimiento del segundo género. Y en el último nivel nos encontramos con la esencia singular de la individualidad que me compone, es la comprensión de las relaciones que me componen como individuo, es el nivel más profundo de conocimiento, momento al que llegamos a una especie de beatitud. Hablamos de un conocimiento del tercer género. Entonces no hay más que salir del mundo de los signos para acceder a otros conocimientos… pero, ¿es eso posible? En un modo minoritario es posible, es posible producir pequeñas fugas del mundo de los signos, de manera que logremos comprender algo y volver. ¿Es fácil esto? Para nada, porque tenemos el gran problema que estamos sumergidos en el mundo de los signos, los queremos, adoramos los signos, y solo a través de ellos es posible salir. La tarea: apoyarnos en los signos para salir de los signos.
¿Qué son los signos? Los signos son formas de expresión. A un sistema de formas de expresión se le llama régimen de signos o semiòtica. El signo tiene algunas características que es lo que nos hace decir que nos deja en el primer género del conocimiento. Vamos a ver que estas características es lo que determina en última instancia lo inadecuado del signo para conocer las relaciones. Se trata de características que no pueden independizarse unas de las otras, se contienen. En primer lugar es variable. Es decir, cada quién reclama su signo y el signo que necesita no es necesariamente el signo que el otro cree que necesita. Esto es la variabilidad del signo. El otro está reclamando un signo, pero no sabemos cual. “No precisaba que me lavaras los platos, precisaba saber que me querías!” Segundo, la equivocidad del signo. Un mismo signo se presenta con varios sentidos, por eso el signo es esencialmente equívoco. Y por esto tenemos la tercer característica: el signo es asociativo. Entra en una cadena de asociatividad que le da sentido a la relación entre el signo y la cosa. Solo en esta cadena asociativa podremos comprender de qué “granada” hablamos, si de la bomba, la fruta o la ciudad… o de qué bomba hablamos, si de las de dulce de leche, de agua o de explosivos… y podemos seguir así al infinito, pues el signo es necesariamente equívoco. El lenguaje es una cadena asociativa de signos con estas tres características y un sentido específico. ¿Qué sentido? Producir un mundo determinado. El lenguaje es más imperativo que informativo. Contiene cierta información, pero más que informar ordena un mundo, ordena en dos de sus multiples sentidos: primero, le da una forma y una organización y, segundo, ensigna a un otro esta forma y esta organización. En otras palabras, impone coordenadas semióticas. Nos sucedió en la escuela, en la facultad y en los programa documentales de la National Geográphic, donde el comportamiento animal es ensignado constamente por modelos de comportamientos estrictamente humanos. Esto hace que naturalicemos determinados signos como naturales al mundo, cuando en definitiva fueron impuestos por una cadena televisiva. Por otro lado esto busca darle al lenguaje un carácter de independiente y neutro respecto a los contenidos de lo que supuestamente quiere transmitir. Esto se hace por un binarización típica de la individualidad: la diferenciación entre forma y contenido. Se explicaría así la independencia del lenguaje con aspectos exclusivos de los individuado. Otra vez, explicamos al individuo por el individuo mismo, siendo en este caso el lenguaje. Si aceptamos esta hipótesis que el lenguaje no representa un mundo, sino que lo produce, la diferencia entre forma y contenido se vuelve confusa, porque la forma (las expresiones del lenguaje) se insertan en el contenido, transformándolo. El lenguaje no es una máquina formal abstracta que no tiene nada que ver con el contenido que se le inserta: “lo que quiero decir lo digo por medio del lenguaje, sea lo que sea”. Esa es la razón principal por las formalidades de un informe de tesis, cuando no se llega a comprender que esas formalidades le dan otra forma a lo que uno en un principio había producido. Por lo tanto, si no consideramos al lenguaje como una máquina abstracta independiente de sus contenidos. Si no hay diferencia entre lengua y habla, no podemos hablar de una gramática universal. No hay constantes universales que caracterizarían el lenguaje, cualquiera sea este. El habla es lenguaje, por lo tanto, lo más importante que diremos hasta aquí: toda lengua es pragmática, el lenguaje es pragmática. No hay nada más allá de la pragmática del lenguaje. Y en esa pragmática, a devenires, devenires del lenguaje en lenguajes minoritarios, lejos de toda semántica y sintaxis correcta. Hay lenguas menores que habilitan la fuga del mundo de los signos. Por aquí tenemos una pista de cómo salir del mundo de los signos. Nos queda por saber cómo habilitamos este devenir del lenguaje en un lenguaje minoritario.
Podemos describir algunas semióticas, para ver después cómo podemos producir algo nuevo a partir de ellas. La semiótica significante se caracteriza sobre todo por formar una red de signos propia que busca explícitamente liberarse del mundo que busca representar. Dicho de otra forma, el signo remite a otro signo que remite a otro signo… produciendose una operación que llamaremos de “significancia”, la cual sustituye al signo. Ya no hay designable, ni significable. Hay redundancia en el signo, lo que llamaremos símbolo. Así el símbolo nunca remite a un real, no importando qué significa algo, sino a que signo remite. Podemos estar en una situación de consulta psicológica preguntándonos que significa algo, pero la verdadera pregunta que nos estamos haciendo es a que otros signos remite: ¿al edipo? ¿a la castración? ¿a la forclusión? ¿al incesto? ¿es esto perversión? Nunca nos referimos más que a otros signos. Es la principal característica de la semiótica significante y de la cual parece que no hay salida. Este régimen crea una red de signos sin principio (falo) ni fin (signo sobre signo…) que cubre como una neblina las cosas del mundo, haciendo que todo tenga un significado por sí mismo. “el mundo comienza significando antes de saber qué significa”. Característica de un régimen despótico paranoico: me atacan, me hacen sufrir, todo significa algo, yo lo sé, no se qué, pero saben que lo se y me atacan. La conspiración universal. Nunca llegamos al final de nada. La conspiración solo tiene sentido por existir. Y en este juego de signo que remite al signo, por momento buscamos el signo por momentos emitimos signos, y los roles se intercambian, volviendo muchas veces al mismo signo. Es la característica circular del régimen significante. El nombre sobrevive a su poseedor. Es una redundancia del signo consigo mismo. Y estos saltos de signos puede seguir dos tipos de círculos o espirales, una espiral sintagmática, es decir estar regidos por lógicas propias de las formalidades del régimen significante, o puede estar regidas por lógicas paradigmáticas, momento en el cual se produce un salto de un círculo significante a otro. Este es modo típico de la interpretación, por saltos paradigmáticos que van al infinito, no interpretándose nada que ya no sea interpretación. La unica univocidad en esta cadena significante, es sin duda el silencio absoluto. Ese es el máximo de interpretación, la mejor interpretación. Así se comprende que el sistema significante es un sistema desterritorializado… de no ser por el rostro. Si hay alguna territorialización de este sistema, ésta es en el rostro, en los rasgos de rostridad. Todos los signos, las significaciones, las intepretaciones se encarnan en el rostro que funciona como un cuerpo en sí mismo. El rostro es la cárcel, y también la posibilidad de fuga. Los rasgos de rostridad nos atan a la significancia. Nuestro rostro expresa lo que somos, lo que queremos, lo que nos pasa. Pero lo expresa a través de los signos que emite y en las reacciones a los signos que recibe. El rostro es el cuerpo expresivo, pero también es el cuerpo perceptivo. El rostro es quién en mayor medida recibe los signos que emiten otros cuerpos, otros rostros.
En el polo opuesto de la semiótica significante tenemos la semiótica pasional o postsignificante. Es interesante ver como se estructura en referencia a la significancia. Igual a otras dos semióticas que no describimos en esta oportunidad (presignificante, contrasignificante). Esto muestra que de alguna forma son semióticas que escapan del régimen significante pero se conserva su estructuración tomándolo como referencia. O sea, la semiótica significante es la base a partir del cual surge la pasional. Ésta ultima semiótica, se encuentra, al igual que la significante, en el extremo de la desterritorialización. Sin embargo, eso no significa que no se encadene con las cosas del mundo, al contrario, el régimen pasional se encuentra totalmente atado a las expresiones al punto que ya no puede controlarlas. Hablamos del rostro desviado, ya no con gestos interpretables a través de una asociación paradigmática, sino actuado directamente, corporalmente. Es el fin de toda interpretación y el comienzo de la acción absoluta. Acción significada, pero significada corporalmente. La razón pura se radicaliza, transformándose en pasión, convirtiendo todo el cuerpo en una razón que actúa sin interpretación mediante redes de signos.

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