domingo, 17 de noviembre de 2013

Mi herida existía antes que yo

Hay un “aquello que nos sucede”. La cicatriz que nos recuerda el paso de algo que ni siquiera llegamos a ver. Somos víctimas de un medio, de un accidente. Así la cicatriz es esa frontera entre lo interior y lo exterior, o mejor, es la marca que denuncia que en algún momento los territorios se superpusieron, que las fronteras fueron invadidas, que lo exterior ingresó en el interior, que lo transformó, lo sometió. La cicatriz es el más puro recordatorio que las partes extensas se encuentran sin previo aviso, que se traspasan y se descomponen, que se transforman. Que hay una duración que solo por el paso del tiempo degrada los cuerpos. Que no hay cálculos posibles. Que solo somos una imágen en el plano de inmanencia, donde las imágenes actúan unas sobre otras en todas sus caras y sobre todos sus lados. Y que las individualidades extensas están todo el tiempo amenazadas por elementos externos. Pues si algo define lo extenso es la existencia de otras extensiones exteriores que accionan todo el tiempo sobre la nuestra. La cicatriz es un índice. El índice de un acontecimiento que pasó por nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo puro, entero, perfecto, armónico, estético. Y el acontecimiento vino a romper esa pureza de la piel lisa y suave, la estética de las proporciones, la armonía de los colores y las formas. Una cicatriz es una discontinuidad en sí misma. Una progresión interrumpida. Un patrón deshecho. Pero sobre todo, es una discontinuidad que expresa otra discontinuidad. La discontinuidad de la vida, la discontinuidad del mundo, el acontecimiento. El acontecimiento no es más que una discontinuidad en un plan. La discontinuidad que hace temblar todo el edificio, la falla territorial que abre los suelos y por los que caen las vidas estables, las casas seguras, las superficies homogéneas. El acontecimiento, la catástrofe, ambas asimiladas en sus discontinuidades y en lo negativo que expresan: la amenaza de muerte.
Si el acontecimiento tiene ese valor negativo, si es esa amenaza de muerte, si por algo soy mortal, es porque la perspectiva desde el que lo concebimos es el de la extensión, donde estamos destinados a descomponernos, a morir. Ya fue dicho: solo en la extensión somos mortales. La individualidad es amenazada por el acontecimiento. Pero sólo porque él desborda cualquier forma de extensión, se materializa solo por un instante, clava su daga en la carne y desaparece. Por eso la amenaza del acontecimiento es la peor amenaza a nuestra integridad, por su incapturabilidad, por su desborde desde lo extensivo, desde la percepción.
Si solo comprendieramos que somos modos de una sola sustancia, de una sola causa, del Acontecimiento de los acontecimientos, entonces allí entenderíamos que no hay nada en ese encuentro, en esa encarnación, que sea exterior a nosotros, pues nosotros somos tan efecto de una causa primera, como el mismo acontecimiento. Que somos tan acontecimiento como el acontecimiento que “nos atropella”. Es una comprensión sobre los modos de composición y sobre las causas. Es una comprensión de la potencia de la existencia, y que esa potencia está ahí para ser encarnada, para ser actualizada. Tanto el acontecimiento que “me acontece” como mi propia individualidad. Es quizás el encuentro corporal más inmanente del plano de inmanencia, y sin embargo el más eterno del campo de las relaciones, de las esencias singulares. Comprender cómo es que sucede esto es la primera determinación del acontecimiento. Conocer estas relaciones es comprender que el acontecimiento no nos sucede, sino que somos el acontecimiento.
Somos ese puntal que surge del caos. Ya no hay exterioridad. Acontecimiento, acontecer, acontecido, son un movimiento fugaz del que es imposible abstraerse. No hay caos sin puntal, sin singularidad. Es la prehensión instantánea de una diversidad disyuntiva, de series divergentes. El acontecimiento no es el puntal, tampoco es el caos. Es el complejo caos/puntal, la desonancia en la frontera, que rasga la piel, aviva la carne, y desordena la distribución homogénea de las células. el acontecimiento es en parte aquello que sucede, a la vez que es lo eterno, la esencia de aquello que sucede, aquello por lo cual existimos. Sino estamos para encarnar acontecimiento… ¿para qué estamos? Por eso, segunda determinación del acontecimiento… debe ser querido, porque para eso vivimos, y por eso vivimos, y aún más, por eso nos experimentamos eternos. No querer el acontecimiento es dejarlo afuera, es ser sus víctimas, es intentar evitarlo mientras el acontecimiento más cruel de todos nos pasa por arriba lentamente: la duración. La duración es acontecimiento, el peor de los acontecimientos, porque degrada los cuerpos desde la pasividad de la resignación.
Y tercera determinación: debe ser encarnado en lo que sucede. Ya que lo que sucede somos nosotros. Y solo en su encarnación es posible comprender lo que se juega más allá de la encarnación, al nivel de las relaciones y más allá, al nivel de las esencias singulares. Cuando ya no dejamos lugar al accidente, pues lo que sucede sucede necesariamente. Porque toda nuestra potencia está puesto en ello. Ahí es que se hace concebible que todos los acontecimiento mortales (extensos) sean efectos de un solo Acontecimiento. El acontecimiento primero, la causa y el destino, lo eterno. Este Acontecimiento, fuera del espacio y del tiempo, anterior a cualquier plano de inmanencia, estalla en mil rayos sobre la superficie de los cuerpos, produciendo una multiplicidad de efectos que se comunican entre ellos en este plano, siendo todos casi-causas de ellos mismos. Efectos independientes y casi-causales de los otros. Infinitos acontecimientos mortales y singulares que se extienden sobre líneas de vida. Y en ese momento, en esa comprensión de las esencias singulares que nos individua, podemos decir que somos dignos de lo que nos ocurre, aunque en realidad decirlo no tenga ningún sentido, porque seguramente el decir no tenga nada que ver con eso que nos ocurre y de lo que somos dignos.
Comprender las tres determinaciones del acontecimiento que acontece, es comprender la naturaleza de la prehensión, del vector de prehensión. Somos una prehensión, pero también somos prehendientes de otra prehensión. Prehendientes en tanto privatizamos lo prehendido, que es un dato del mundo, en tanto que convertimos este dato en una manera de expresión de este dato en nosotros. Y en esta prehensión de la que somos prehendientes se asegura una intención subjetiva donde aseguramos el pasaje de un dato a otro en la serie (devenir). Las series, convergentes o divergentes, son movimientos, por lo tanto también lo son las prehensiones y por encadenamiento, las prehensiones de las prehensiones. Y esta prehensión del dato del mundo, llena nuestra individualidad, volviéndola más rica. Más mundo para nuestro pliegue.

Podemos hacer un recuento de los componentes del acontecimiento en función de lo visto más arriba:
Primer componente. La actualización del acontecimiento. Su fase extensiva en tanto accidente en el mundo. Aquellos que decimos que es lo que sucede. En el límite, una vibración con infinidad de armónicos que se extienden en el espacio y el tiempo, produciendo un efecto de frontera: la desonancia.
Segundo componente. Las series extensivas del primer componente tienen propiedades intrínsecas (intensivas) que entran en nuevas series infinitas con diferencias de grados. En la relación es la dimensión de la afectación. Es el salto de potencia que potencia con la individualidad y que nos conecta con lo eterno del acontecimiento.
Tercer componente. El individuo, que prehende el acontecimiento a través de las series intensivas que lo afectan, aumentando o disminuyendo su potencia. La disminución de potencia hace del acontecimiento una catástrofe. El aumento de potencia puede conectar al individuo con el Acontecimiento primero, la esencia singular de las diferentes individualidades que compone.
Cuarto componente. Un acontecimiento es lo que sucede, sin duda, pero también es aquello que hace que sigamos siendo lo que somos más allá de los acontecimientos actuales que somos. Más allá de la regeneración continua de nuestras células. Es lo eterno del acontecimiento. El objeto eterno que sigue siendo el mismo a cada momento y del cual surge lo nuevo. Si hay creación en el acontecimiento, ésta surge de la actualización de lo eterno.
Del caos surge una criba. En verdad, se concibe caos, porque se concibe criba, es decir, cierta ordenación de los elementos en el caos. Una disposición. Si esta criba contiene algo nuevo, es porque todas las posibilidades están en el caos, allí reside lo eterno del acontecimiento. Lo que queda ver, es cómo surge lo nuevo de allí. Cómo logramos que el caos no invada la materialidad. Ni que la novedad de la criba sea ahogada por nuestro lugar seguro, por un cliché en el que no arriesgamos más que la degradación lenta y mortal.

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