No se trata de negar estas cuestiones. Se trata de una política del encuentro. ¿Política del encuentro? Modos de la sustancia con atributos finitos. Imágenes que actúan unas sobre otras en todos sus lados y sobre todas sus caras. En determinado recorte, en un punto de vista, desde la extensión, desde la materialidad, hay encuentros que descomponen los cuerpos. No es cuestión de negarlo. Hay generalidades, no universalidades. Generalidades sobre la descomposición de los cuerpos. Y la medicina actúa sobre estas generalidades. Sin embargo, algo está cambiando. La prevención ya no es contrarrestar efectos de descomposición, sino, cada vez más, aprender sobre las relaciones de composición y descomposición. Aunque no basta. Se sigue avanzando por partes, por partes de cuerpo, por extensiones, por saber, por obedecer, por conocer el síntoma y no por el cuidado. Nuestra única tarea es conocer el síntoma, después toda la responsabilidad debe quedar en quien sabe. Es un juego perverso, porque el cuidado de sí se considera una irresponsabilidad si queda en nosotros, que no sabemos, y no se obedece al profesional, que es el que sabe. Entonces, cuidar de sí, hacerse cargo de uno, es irresponsable. Las cosas están cambiando, pero no tanto. El cuidado preventivo sigue siendo obedecer al médico porque él conoce las relaciones que descomponen nuestro cuerpo. Sin embargo, en este punto de vista, en esta capa de la individualidad, la de las infinitas partes extensas, avanzamos. Hemos logrado contrarrestar efectos de descomposición e incluso prevenirlos. Pero nuestras partes extensas siguen siendo mortales, nosotros seguimos siendo, en mayor medida, mortales. Tarde o temprano nuestra materialidad se descompone, morimos, es inevitable y no veo por qué querríamos evitarlo. En un tiempo eterno, alargar la vida de nuestra materialidad carece de sentido, al fin y al cabo, lo único importante es cómo nos experimentamos a cada momento de nuestra vida y solo ahí somos mortales o eternos. Somos mortales en la espera de nuestra muerte, en el afecto de tristeza, en el reposo de la despotenciación, en el miedo, en la servidumbre. Somos eternos en la acción que potencia el afecto de alegría, en sentir que podemos y que podemos todo lo que podemos. En la omnipotencia, pero no en la omnipotencia de las partes extensas, sino en la de las relaciones. Puedo todo lo que la composición de relaciones me permite, dentro de eso puedo todo. En cambio la impotencia no se trata de no poder nada, sino de una disminución de nuestra potencia, de poder menos que lo que sentimos que podemos. Son conceptos que usados en las relaciones cobran otro sentido, porque nadie puede pedirme hacer menos que lo que puedo, porque ahora hay otros saberes que se juegan en mí. Ya no es un saber que puedo dejar en manos de otro, es un saber acerca de las relaciones de composición con otros cuerpos y con el propio, que se independiza de las extensiones y donde solo cuenta la relación en sí misma, de manera que hablar de “otros cuerpos” o de “mi cuerpo” comienza a carecer de sentido (no porque se pierdan las individualidades, sino porque la individualidad queda definida por las relaciones y no por las extensiones). Son otros géneros del conocimiento. Se trata de un conocimiento singular (que no es universal, puede ser general, pero solo respecto a las relaciones que me componen o de las cuales soy composición), inmanente (que no es trascendente, que no hay verdad de mi cuerpo fuera de la situación de composición en la que se encuentre), intransferible (nadie puede llegar a este conocimiento sobre mi. Otro puede encontrarse conmigo de manera de prehender nuevos modos de composición. Pero ese otro nunca tendrá un conocimiento sobre los modos de composición más allá de los que él participe y con otras prehensiones) y procesual (no acumulativo, procede por saltos y no hay un desarrollo o perfeccionamiento de un conocimiento después de producido). El conocimiento del que hablamos es tan perfecto como puede serlo en función de la potencia de acción que actualiza.
No buscamos una terapéutica. Aunque ella se impone, se impone en las relaciones preestablecidas. Se impone en los lugares de poder que asumimos. La terapéutica se impone. Creemos que sabemos… y sabemos. ¿Pero qué sabemos? Sabemos cosas, cosas que aprendimos durante muchos años. Cosas que acumulamos en bibliotecas o en circuitos neuronales. Sabemos sobre depresión, sobre bipolaridad, sobre edipo, sobre las relaciones de pareja, sabemos de sistemas, colectivos, conductas, conflictos adolescentes, síntomas, trastornos, energías, arquetipos, pulsiones e instintos. Sabemos muchas cosas sobre el otro. Y no necesariamente este saber es inadecuado. Lo adecuado se determina por el lugar que toma en el encuentro, en la relación. Al fin y al cabo, este conocimiento, es parte de las afecciones, las impresiones que quedan grabadas en este modo del ser y que lo transforma a cada momento. Cuando solo quedan las relaciones, las afecciones y los afectos es lo que somos. Somos las imágenes que nos impresionan y las variaciones de impresiones que nos potencian. El conocimiento acumulativo no es adecuado o inadecuado. Lo inadecuado es tomar lo extenso como el atributo de individuación y el conocimiento acumulativo como el único capaz de mantener esta individualidad. Esa es la inadecuación. Lo adecuado es comprender las relaciones que me componen y que dentro de esas relaciones están en juego las afecciones, de las cuales el conocimiento acumulativo forma parte, como conocimiento del primer género. Y que un conocimiento, como tal, solo puede ser sobre las relaciones de composición, los modos y las frecuencias que producen nuestra esencia singular, eso que nos hace individuos. Y allí, no puede más que ser adecuado. El conocimiento singular, inmanente, procesual, intransferible es, necesariamente, adecuado.
Comprender los modos, las velocidades y lentitudes que nos componen, la esencia singular que nos individua, es comprender lo eterno del acontecimiento. Es comprender que el acontecimiento que se actualiza en una herida, es efecto de un solo y original Acontecimiento que es pura potencia, puro devenir. Es comprender que el acontecimiento no me sucede, sino que lo encarno, existo, soy para encarnar el acontecimiento, que desde que se actualiza, es lo que soy. Comprender esta composición es estar a la altura del acontecimiento. Hacerse cargo del acontecimiento y que este deje de ser accidente. Es el momento de la diagramática. Es salir del mundo de los signos, de las partes extensas. Lo extenso es aquello que se compone de partes y es parte de otra extensión. Eso es lo extenso. Sobre lo extenso lo único que tenemos es el código, el código digital, articulado; cuya función es la categorización de las partes, la codificación discreta. ¿Cuál es el sentido del lenguaje? La producción de un mundo digital, discreto, un mundo de partes. El lenguaje no comunica, produce un mundo. El gato comunica aún sin lenguaje, su maullido no tiene un significado preciso, hay toda una disposición del gato que compone con su maullido que lejos de producir un mundo, comunica una relación, el estado de la relación. Nosotros a través del lenguaje podemos producir el mundo supuesto del gato al interpretar en su maullido un “tengo hambre”. Sin embargo, lo seguro es que expresa una relación de dependencia, porque más allá del “tengo hambre” está el “sienta lo que sienta, dependo de vos para hacer algo con eso”. El mundo del lenguaje, el mundo de los signos, es el mundo de las partes extensas, es el mundo donde somos mortales, es el mundo del conocimiento inadecuado. Sin embargo, es el mundo en el que vivimos y que precisamos para vivir. Vivimos reclamando y emitiendo signos. Signos actuales, concretos, equívocos, que nos hunden cada vez en el primer género del conocimiento cuando pedimos una explicación.
La pregunta es: ¿cómo salir de ese mundo de signos? Nada de lo que hagamos conscientemente será por fuera del mundo de los signos. Todas mis acciones medianamente pensadas surgen desde este mundo. No hay vuelo posible bajo el dominio de la ley de gravedad. Sin embargo es posible construir un trampolín. Aunque este trampolín se atenga a la fuerza gravitatoria, nos permite saltos importantes, aumentos de potencia de acción que por unos segundos nos hacen sentir un vuelo, aun bajo la lógica de los signos. Hasta que en un impulso superamos un umbral, el umbral aquel en el que quedamos fuera del campo de incidencia y el vuelo tiene un sentido propio. Comprendemos la relación, no por sus partes (Yo-Tierra), sino por la relación en sí misma. Ya no son las partes o las impresiones que el otro produce en mí, sino qué tipo de relaciones puedo componer, las velocidades, las direcciones, los sentidos, los atributos; en resumen, el modo de la sustancia que constituye mi esencia singular, que desde ya no es mía aunque “me” constituya.
Finalmente, no hay ley universal del trampolín. Hay un navegar el océano de los signos, un navegar singular, los signos también son cuerpos que componen, y en ese navegar es que construyo la salida, detecto las diferentes semióticas que componen el encuentro (encuentro de partes, sí), las líneas de alegría que me potencian y las de tristeza que me hunden en lo inadecuado. Capto las transformaciones que se producen, de una lógica significante a una pasión, de una pasión a una sensación, de allí a otra lógica ahora de guerra; sensibilización para captar los movimientos de los signos sobre el plano de inmanencia. Y después el caos, el momento del diagrama, el caos dispuesto, el caosmos, donde el riesgo es total, donde la muerte es inminente, donde el acontecimiento es eterno, la muerte contra todas las muertes, la guerra contra todas las guerras, la violencia contra todas las violencias. El caos puede invadir todo, la cancioncilla del niño es invadida por los sonidos incomprensibles de todos los órganos que se expresan, la boca emite sonidos nunca escuchados, la lengua adopta posiciones insólitas, el cuerpo deviene un gran instrumento de percusión y vientos. O, por el contrario, ante el caos, elegimos el lugar seguro, el cliché, una vuelta significante al mundo del orden. Estos son los grandes riesgos que se encuentran en sus polos: el caos que se come el mundo, el cliché que nos devuelve al más estructurado mundo de los signos significantes. Entre ellos el diagrama con sus funciones, disolver las semejanzas, potenciar el caos, disponerlo hacia la máquina abstracta que permita el surgimiento, el ascenso de lo nuevo, de un nuevo modo; finalmente, de una semiótica singular e inédita. En definitiva, toda semiótica es un agenciamiento colectivo de enunciación, y todo modo compositivo de relacionamiento, es agenciamiento maquínico de los cuerpos. Siempre volvemos al signo, a la tierra, a los cuerpos; lo importante es cómo volvemos y cómo experimentamos la vuelta, siendo partes extensas mortales, o relaciones y esencias eternas.
No buscamos una terapéutica. Aunque ella se impone, se impone en las relaciones preestablecidas. Se impone en los lugares de poder que asumimos. La terapéutica se impone. Creemos que sabemos… y sabemos. ¿Pero qué sabemos? Sabemos cosas, cosas que aprendimos durante muchos años. Cosas que acumulamos en bibliotecas o en circuitos neuronales. Sabemos sobre depresión, sobre bipolaridad, sobre edipo, sobre las relaciones de pareja, sabemos de sistemas, colectivos, conductas, conflictos adolescentes, síntomas, trastornos, energías, arquetipos, pulsiones e instintos. Sabemos muchas cosas sobre el otro. Y no necesariamente este saber es inadecuado. Lo adecuado se determina por el lugar que toma en el encuentro, en la relación. Al fin y al cabo, este conocimiento, es parte de las afecciones, las impresiones que quedan grabadas en este modo del ser y que lo transforma a cada momento. Cuando solo quedan las relaciones, las afecciones y los afectos es lo que somos. Somos las imágenes que nos impresionan y las variaciones de impresiones que nos potencian. El conocimiento acumulativo no es adecuado o inadecuado. Lo inadecuado es tomar lo extenso como el atributo de individuación y el conocimiento acumulativo como el único capaz de mantener esta individualidad. Esa es la inadecuación. Lo adecuado es comprender las relaciones que me componen y que dentro de esas relaciones están en juego las afecciones, de las cuales el conocimiento acumulativo forma parte, como conocimiento del primer género. Y que un conocimiento, como tal, solo puede ser sobre las relaciones de composición, los modos y las frecuencias que producen nuestra esencia singular, eso que nos hace individuos. Y allí, no puede más que ser adecuado. El conocimiento singular, inmanente, procesual, intransferible es, necesariamente, adecuado.
Comprender los modos, las velocidades y lentitudes que nos componen, la esencia singular que nos individua, es comprender lo eterno del acontecimiento. Es comprender que el acontecimiento que se actualiza en una herida, es efecto de un solo y original Acontecimiento que es pura potencia, puro devenir. Es comprender que el acontecimiento no me sucede, sino que lo encarno, existo, soy para encarnar el acontecimiento, que desde que se actualiza, es lo que soy. Comprender esta composición es estar a la altura del acontecimiento. Hacerse cargo del acontecimiento y que este deje de ser accidente. Es el momento de la diagramática. Es salir del mundo de los signos, de las partes extensas. Lo extenso es aquello que se compone de partes y es parte de otra extensión. Eso es lo extenso. Sobre lo extenso lo único que tenemos es el código, el código digital, articulado; cuya función es la categorización de las partes, la codificación discreta. ¿Cuál es el sentido del lenguaje? La producción de un mundo digital, discreto, un mundo de partes. El lenguaje no comunica, produce un mundo. El gato comunica aún sin lenguaje, su maullido no tiene un significado preciso, hay toda una disposición del gato que compone con su maullido que lejos de producir un mundo, comunica una relación, el estado de la relación. Nosotros a través del lenguaje podemos producir el mundo supuesto del gato al interpretar en su maullido un “tengo hambre”. Sin embargo, lo seguro es que expresa una relación de dependencia, porque más allá del “tengo hambre” está el “sienta lo que sienta, dependo de vos para hacer algo con eso”. El mundo del lenguaje, el mundo de los signos, es el mundo de las partes extensas, es el mundo donde somos mortales, es el mundo del conocimiento inadecuado. Sin embargo, es el mundo en el que vivimos y que precisamos para vivir. Vivimos reclamando y emitiendo signos. Signos actuales, concretos, equívocos, que nos hunden cada vez en el primer género del conocimiento cuando pedimos una explicación.
La pregunta es: ¿cómo salir de ese mundo de signos? Nada de lo que hagamos conscientemente será por fuera del mundo de los signos. Todas mis acciones medianamente pensadas surgen desde este mundo. No hay vuelo posible bajo el dominio de la ley de gravedad. Sin embargo es posible construir un trampolín. Aunque este trampolín se atenga a la fuerza gravitatoria, nos permite saltos importantes, aumentos de potencia de acción que por unos segundos nos hacen sentir un vuelo, aun bajo la lógica de los signos. Hasta que en un impulso superamos un umbral, el umbral aquel en el que quedamos fuera del campo de incidencia y el vuelo tiene un sentido propio. Comprendemos la relación, no por sus partes (Yo-Tierra), sino por la relación en sí misma. Ya no son las partes o las impresiones que el otro produce en mí, sino qué tipo de relaciones puedo componer, las velocidades, las direcciones, los sentidos, los atributos; en resumen, el modo de la sustancia que constituye mi esencia singular, que desde ya no es mía aunque “me” constituya.
Finalmente, no hay ley universal del trampolín. Hay un navegar el océano de los signos, un navegar singular, los signos también son cuerpos que componen, y en ese navegar es que construyo la salida, detecto las diferentes semióticas que componen el encuentro (encuentro de partes, sí), las líneas de alegría que me potencian y las de tristeza que me hunden en lo inadecuado. Capto las transformaciones que se producen, de una lógica significante a una pasión, de una pasión a una sensación, de allí a otra lógica ahora de guerra; sensibilización para captar los movimientos de los signos sobre el plano de inmanencia. Y después el caos, el momento del diagrama, el caos dispuesto, el caosmos, donde el riesgo es total, donde la muerte es inminente, donde el acontecimiento es eterno, la muerte contra todas las muertes, la guerra contra todas las guerras, la violencia contra todas las violencias. El caos puede invadir todo, la cancioncilla del niño es invadida por los sonidos incomprensibles de todos los órganos que se expresan, la boca emite sonidos nunca escuchados, la lengua adopta posiciones insólitas, el cuerpo deviene un gran instrumento de percusión y vientos. O, por el contrario, ante el caos, elegimos el lugar seguro, el cliché, una vuelta significante al mundo del orden. Estos son los grandes riesgos que se encuentran en sus polos: el caos que se come el mundo, el cliché que nos devuelve al más estructurado mundo de los signos significantes. Entre ellos el diagrama con sus funciones, disolver las semejanzas, potenciar el caos, disponerlo hacia la máquina abstracta que permita el surgimiento, el ascenso de lo nuevo, de un nuevo modo; finalmente, de una semiótica singular e inédita. En definitiva, toda semiótica es un agenciamiento colectivo de enunciación, y todo modo compositivo de relacionamiento, es agenciamiento maquínico de los cuerpos. Siempre volvemos al signo, a la tierra, a los cuerpos; lo importante es cómo volvemos y cómo experimentamos la vuelta, siendo partes extensas mortales, o relaciones y esencias eternas.
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