domingo, 17 de noviembre de 2013

¿Es lo incomposible imposible?

Otra pregunta invade, se instala, pide paso, ante el pensamiento lógico binario que no da lugar a las contradicciones ni a los opuestos: ¿cuál es el lugar común de dos desarrollos tan diferentes como el de la semiótica y el del acontecimiento? ¿cuál es el lugar común entre lo permanente y lo que fluye? ¿entre la duración y el devenir? ¿entre lo universal y lo singular? En principio, se me ocurre una sola respuesta: en ese lugar común estamos nosotros, somos lo común en esta lógica binaria. A nosotros nos toca hacer el tercer camino, pues nadie más pertinente para esto que quien quiere hacerse cargo de su acontecimiento y sólo puede hacerlo desde el mundo de los signos. Somos el lugar común, el espacio común, la intersección de las superficies conceptuales entre acontecimiento y semiótica, duración y devenir. Somos acontecimiento a cada momento, y a cada momento afirmamos una identidad, como lo mismo y lo diferente a un solo tiempo. Quizás por eso se diga que somos contradictorios, “la naturaleza del hombre es la contradicción”. ¿Cuántas veces habremos escuchado esta frase? Y la contradicción es un imposible, no pueden ser ciertos a la vez dos enunciados contradictorios. Es el principio básico de no contradicción o el principio del tercero excluído. Llueve y no llueve no puede ser cierto al mismo tiempo, aunque quizás sí. La lógica binaria ha construido todo un sistema exclusivo de producción de certezas, que invisibiliza gran parte del mundo que creamos a base justamente de cosas que podemos llamar, en esta lógica, contradictorias. Pregunta: ¿Cuántas gotas de lluvia por segundo y por metro cuadrado deben caer para confirmar una lluvia? ¿Qué volumen de agua debe contener cada gota para que sea lluvia y no llovizna? Al fin y al cabo todo es una cuestión de umbrales de intensidad. Y estos umbrales se insertan en series intensivas continuas, que se pueden clasificar en convergentes o divergentes… aunque un matemático nos dirá que nos falta una serie: las oscilantes. Leibniz ignoró las series oscilantes en su definición de lo composible y lo incomposible. ¿Por qué pueden ser tan importantes las series oscilantes? Justamente porque no convergen ni divergen. Oscilan entre valores discretos finitos.
Aclaremos algo, las series en general no son continuas. Las series son de dominio natural, por lo que procede por saltos (n=1, n=2, son saltos de 1 a 2 a 3 y así). Ninguna serie puede ser llamada contínua. De cualquier manera queda claro que Leibniz habla de series como de funciones. Podríamos decir que las funciones sí se pueden diferenciar entre continuas o discontinuas en el dominio de lo real. Esto nos genera un par de problemas. Primero, toda la discusión de si la función puede ser llamada contínua cuando suponemos una continuidad a través de los puntos que la representan. Al fin y al cabo nadie dibuja una función donde toma todos los puntos del dominio para ser graficados. Solo se toman algunos puntos privilegiados y estudia zonas de discontinuidad previsibles. En definitiva, se demuestra una regularidad a través de la suposición de regularidad, quedando en un círculo vicioso. Segundo, Leibniz no concibe la discontinuidad en las series vitales o cósmicas. Si estamos en el mundo, si este mundo existe, es porque las series que lo componen son continuas y convergentes. Esto es lo que él define como composible.
Volviendo a la discontinuidad de las series (que aunque se asimilen a funciones, vimos que la continuidad de las funciones es solo representativa). La series saltan de un punto a otro en una cadena de números naturales. Con estos saltos puedo hacer un punteado que después de unir los puntos queda una “suave línea ondulada”. Es la idea de continuidad, el ideal de continuidad. Pero lo cierto es que no hay continuidad. La composibilidad se define por aproximación al ideal de continuidad, no por la continuidad en sí.
Entonces, ¿cómo entendemos los umbrales entre lluvia y llovizna o llueve y caen algunas gotas? Y aquí entra la noción de incomposible. Lo incomposible en Leibniz, se daba por series divergentes. O sea, no puede haber una noción de lluvia que encierre la noción de no lluvia. Ambas nociones son incomposibles, no pertenecen al mismo mundo. Se trata de series divergentes. En el pliegue lluvia no puede estar contenido el mundo donde no ha llovido. Sin embargo, esto puede suceder. El mayor problema de Leibniz con la incomposibilidad, es que la divergencia se mantiene con valor negativo. La divergencia se diferencia de la convergencia únicamente por una cuestión de distancias entre las series. La convergencia es un acercamiento de las series a un punto común (es lo que Whitehead llamará prehensión). La divergencia es un alejamiento de las series entre ellas… pero este alejamiento, ¿no lo es también de un punto común? ¿No hay una prehensión también en la divergencia? Una prehensión de otro tipo, pero prehensión al fin, ya que la divergencia estaría expresando también un punto del cual estas series se alejan. Lo interesante es que estas series divergentes dejan de tener un valor negativo y suman la posibilidad de expresar también una prehensión. Así la incomposibilidad, que se confundía fácilmente con la imposibilidad, ya que las series divergentes no expresaban una prehensión, ya no es sinónimo de imposibilidad. Lo incomposible es posible, potencialmente posible. Las series divergentes expresan un punto que sería la actualización de la distancia de las series. Pero hablar de distancias también nos deja en una prehensión estática, cuando la convergencia o divergencia nos habla de movimiento. Las series divergentes nos son series simplemente alejadas entre ellas, son series que se están alejando una de otra. Las convergentes se acercan a este punto común (¿qué es lo común entre dos series? fue la pregunta del principio). O sea que la divergencia o convergencia definen un movimiento, por lo tanto la prehensión no se define por las distancias entre las series, sino por sus movimientos relativos. En el caso de la serie convergente lo que sucede es que se está estabilizando un punto (el punto de convergencia), es como un objeto que pasa de la invisibilidad a la presencia fuerte del trazo grueso. Del estado gaseoso extremo al sólido. En la divergencia, la prehensión sigue estando, tenemos un punto, pero es un punto difuso, una individualidad débil. Podemos decir que corresponde a una dimensión preindividual.
Así las prehensiones son encarnaciones de series que vibran en resonancia. La resonancia determina la prehensión, el punto del cual se alejan o se acercan las series. Entendiendo la resonancia como la relación entre series, sean ellas convergentes o divergentes, donde estan series cobran una materialidad. Sin embargo las series siempre se relacionan más allá de sus actualizaciones o prehensiones. Estamos hablando entonces de otro efecto quizás más amplio que el de resonancia: la desonancia (Zafer Aracagök). Es la relación eterna de las series y por la cual es posible un paso entre lo invisible y lo visible, lo inaudible y lo audible. En cuya frontera, o umbral, solo sus efectos son perceptibles. La desonancia es el atributo de relación por el cual se hace posible el Acontecimiento de todos los acontecimientos.

En resumen. La composibilidad y la incomposibilidad son polos de una misma línea de efectuación de las series, que no poseen una diferencia de signo (positivo o negativo), sino una diferencia en la consistencia de la prehensión. O, para decirlo de otra forma, una consistencia en la materialidad que efectúan. De esta manera se vuelve clara la diferencia entre incomposible e imposible. Un imposible es una relación de series sin posibilidad de efectuación, lo cual en este marco pierde todo sentido. En cambio, la incomposibilidad es solo un grado dentro de una prehensión. Así, series que tienen un alto grado de incomposibilidad, pueden variar hacia la composibilidad mientras que la prehensión va tomando consistencia. Pero es necesario advertir que lo incomposible no deja de ser una actualización, ya que los primeros destellos de coexistencia de esta prehensión se da en un momento de alto grado de incomposibilidad. Y en cierta medida este grado es necesario, es lo que dota a la prehensión del movimiento necesario para que no quede capturada en un estrato, sin posibilidad de variación, tal como sucede con el concepto de “terapéutica”.
Y nosotros estamos en el lugar común de lo incomposible. El acontecimiento y el mundo de los signos. ¿Cómo llevar esta relación, estas series divergentes, hacia este lugar común en el que nos encontramos? Hay una velocidad infinita en el acontecimiento que lo hace incapturable. Es la instantaneidad del accidente. Eso que sucede, sobreviene, nos aplasta y solo deja sus efectos sobre nosotros. Es tan incapturable para nuestra vida lenta, que no podemos ser más que víctimas del acontecimiento. Abjurarlo, ignorarlo, rechazarlo, prevenirlo, son los movimientos que más hemos aprendido de él. No hay relación posible con el acontecimiento. Sucede y después nada, fue, pasó, ya no está. Dejó sus consecuencias en mí. Sus cicatrices en mí. El acontecimiento me sucede, yo no lo quiero, pero él igual sucede.
Por otro lado, tenemos el mundo de los signos, el mundo estático de los códigos. De lo que clasificamos, nombramos, de lo igual, lo idéntico. Aquello que es un “perro”, como aquello otro que también es un “perro”, distinto de esto que es un “gato” y llenamos el mundo de identidades reconocibles. El mundo de los signos es el mundo de la permanencia. El mundo de la duración. Solo lo que dura es posible codificar. Esta es la distancia más grande entre signos y acontecimiento. No hay significación posible para el acontecimiento, pues su velocidad es infinita, es puro devenir. El acontecimiento es devenir y el signo es duración.

Y en medio de eso, nosotros, la prehensión de lo incomposible. Duramos, de modo que yo soy yo hasta que muera. Devenimos, yo ya no soy el yo que escribió el primer yo. La duración y el devenir conviven en nosotros, somos puro incomposible. La mayor distancia posible entre series divergentes. Comprender la prehensión, comprender la desonancia, la vibración, la relación de estas series; es comprender nuestra individualidad. Agenciar los signos y el acontecimiento en un mismo movimiento, es ingresar en un género del conocimiento el cual alguna vez habremos vislumbrado, pero no necesariamente accedido. La tarea es modular las vibraciones para producir resonancias, más que desonancia. Enlentecer el acontecimiento hasta que se vuelva eterno. Acelerar las semióticas hasta que todo sea pragmática. Tal es la tarea. Por eso no es ingenuo pensar el acontecimiento desde los estoicos, aquellos que buscaban reglas generales para los grandes acontecimientos del universo. Ni tampoco es ingenuo pensar la semiótica desde Spinoza o desde Lucrecio, para quienes no había más que inmanencia y producción en las turbulencias. ¿Es contradictorio hacer coincidir estos autores? Desde un principio lógico formal puede ser. Pero desde la divergencia de las series, por ahora solo se trata de una prehensión con un grado alto de incomposibilidad.

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